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Tener la posibilidad de ser siempre padres complacientes con los hijos resulta estimulante y fácil, aunque en ocasiones es muy peligroso, pues tiende a confundir la generosidad con la reafirmación del amor filial.

Al tratar de equilibrar el afecto que se siente por un hijo con la calidad y cantidad de los regalos, se crea una cultura hacia lo material y el consumismo con el falso concepto de que si tienen más, serán más felices.

En ocasiones se siente culpa por no poder compartir más tiempo con la familia. Tanto los menores como el resto de la familia lo notan y sienten que les falta algo. Muchos tratan de llenar ese vacío con dinero u objetos de placer pasajero.

Una razón argumentada es la de darle lo que ellos no tuvieron y el esfuerzo de abolir las carencias del pasado no los hace  más dedicados y comprensivos, pues  a la vez, convierte a esos hijos en débiles e inseguros.

 

Los padres gozan de un gran privilegio compartido, que es el de concebir una vida juntos, y darle formación a una nueva persona.

Esta regalía que ofrece la vida tanto a personas como a animales, hay que saberla aprovechar y sembrar en ellos los mejores frutos que son los que vamos a recoger. Pensar siempre que los valores son importantes en su supervivencia.

Las personas que alcanzan esta gracia, ponen todo su empeño por desarrollar su mejor papel y ser un buen patrón a seguir por sus hijos, siendo no solo los mejores progenitores sino también los mejores amigos.

Sé siempre perseverante en la educación de tus hijos para que mañana puedas vivir orgulloso del trabajo realizado tanto educativo como de formación moral y el día de mañana ellos también sepan reconocer el valor que tiene gozar de este privilegio.