Solo hay una manera 100% eficaz para que un hombre ame a una mujer o para que la busque siempre en próximas citas sexuales. Está comprobado por el resultado de encuestas y además, por mi propia experiencia.

El secreto está en que el hombre necesita sentirse como “el semental” sin desperdicio alguno, siempre firme y dispuesto al sexo que le da todos los bríos para sentir su ego por las nubes. ¿Cómo lograr que el hombre se sienta así? Muy sencillo, chicas, chupando su pene con gusto y tragando su semen.

Este ritual tiene su lado positivo que le aumenta puntos por encima de un orgasmo en la vagina: cuando la mujer se traga el semen, le está enviando un mensaje a ese macho, es una nota explícita donde le asegura al hombre que le gusta su cuerpo, su sabia de varón, su jugo sexual y que no quiere a otro más que a él.

Por otra parte, el mismo mensaje le reafirma que como mujer, es suya y se posa a sus pies para servirle, de manera que él demuestre lo que desea y ella sumisa le hará sentir como el mejor macho de todos. Tragando su semen confía en él y se siente segura.

Por supuesto, esta acción, aparentemente de puro goce, trae consigo ese secreto que el hombre tanto necesita para incrementar su vanidad y ego, enalteciendo su satisfacción sexual.

Al tragar el semen durante la felación, la sensación es más espiritual que la sensación física. El hombre siente que la chica se nutrió toda de su sexo, de su virilidad, y le gustó. Por supuesto, para él, ya ella le pertenece completamente y han sellado su relación más íntima como si hicieran un pacto de sangre.

 

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Incontables son los organismos que producen espermas. Algo en común tienen ellos para que esto se produzca, y es un gen presente en varias especies.

Se han estudiado varias muestras de semen de animales muy diferentes, tales como anémonas, moscas de la fruta, ratones, erizos de mar, truchas arcoiris y gallo. Aparentemente todos compartían un gen llamado boule, y sería el responsable de producir el esperma.

Esto implica que, en primer lugar, el origen del semen tendría unos 600 millones años de antigüedad. Su presencia en la anémona implica que es bastante antiguo.

Al estar presente en estas especies, pero no en plantas u hongos, en estos últimos casos el desarrollo del esperma se dio de forma paralela y no relacionada con la evolución de los primeros.